La cebolla roja es un producto infaltable en la cocina, no solo por su atractivo color y sabor, sino por la historia que se esconde en cada una de sus capas. En las profundidades del Catatumbo encontramos a una familia que descubrió en la cebolla la mejor forma de cultivar la vida: Los Sánchez.

Don Ramón Sánchez llegó hacia el año 1921 a una vereda de San Calixto llamada Mesa Llana y adquirió una finca que la entregó a sus cuatro hijos como heredad. Eustoquio, Teófilo, Carmelo y Petrona Sánchez fueron los legatarios procedentes de la vereda El Apial en Ocaña, y tan pronto como su padre les entregó las tierras empezaron a cultivarlas.

En un principio, el sustento se lograba a partir del fique, una práctica que Petrona desarrolló muy bien, alternándola con el encenillo que gracias a su contenido de tanino era vendido en Ocaña para curtiembre. Sin embargo, todo cambió en 1930 cuando el municipio vecino de La Playa de Belén incursionó en el cultivo de cebolla, una práctica que se convirtió en un tesoro para los Sánchez. Comenzaron con semilla Bogotana, pasaron a Bermuda y, después, la Común o Roja, semillas que permanecieron en el territorio hasta mediados del 2008.
Según el historiador abreguense José de la Cruz Vergel, la siembra de este cultivo es una tradición centenaria en la que los españoles tuvieron mucho que ver. En el año 1578 el Gobernador Don Pedro Fernández de Bustos pidió que se hiciera un inventario de todo lo que se había traído de España. El cabildo compartió el documento al Gobernador describiendo entre varias semillas y productos una arroba de cebolla roja cabezona traída de España.
Sergio Arturo Sánchez es uno de los herederos de esta tradición, es agricultor con un gusto especial por el trabajo en el campo; se casó a los 18 años al terminar sus estudios de bachillerato y, junto a su esposa, comparte enseñanzas a sus hijos de lo que significa el suelo y el valor que tiene la cebolla para su apellido.

Su sueño de seguir trabajando la tierra de la mejor manera le motivó a buscar nuevos conocimientos; actualmente estudia Agronomía anhelando aportarle más a su vereda para trabajar junto con la comunidad explorando estrategias para que sea sostenible vivir de la siembra.

Cuando los Sánchez hablan uno siente que está conversando con la tierra profunda, esa donde crecen las raíces de cebolla para hacerla distintiva a la que se da en otras regiones colombianas por su tamaño y sabor. Algunos, por no decir que todos Los Sánchez, lloran, y no por el picante que produce la cebolla, sino por la emoción que salpica en sus corazones al contar lo que para ellos significa Mesa Llana, la tierra donde tienen enterrado el ombligo.
Con la voz quebrada, limpiándose los ojos y pidiendo un momento para seguir hablando, dice Jairo Sánchez:
“Arriba o abajo, siempre estaré en Mesa Llana”, dejando claro que así sea cultivando con toda la vitalidad o cuando muera y esté bajo tierra, quiere estar en su vereda.
“Mesa Llana es la tierra prometida; estamos bendecidos por montañas, con agua, tierra productiva y una familia”.
Dice Sergio Sánchez, cebollero:
“La cebolla es una historia de amor y sustento”
Asegura Yolima Sánchez:
“Somos una familia muy católica, en la casona reposa una imagen que fue donada por monseñor Estanislao Salazar y gracias a esa se construyó la iglesia en San Calixto”:
Menciona Marina Sánchez, sabedora de este linaje:

La infancia de Los Sánchez en su primera, segunda y tercera generación fue única e irrepetible, aseguran ellos que fue posible gracias a la distancia con la tecnología y la energía eléctrica. La niñez era compartida entre la escuela en la jornada de la mañana, apoyo al abuelo Eustoquio en los cultivos durante la tarde, alternando con los juegos a la pelota y correteando por el corredor de la casa, un lugar que aún conserva la esencia de la abuela Rosa, esposa de Eustoquio, quien con su cariño la hacía cálida y especial.
La casa, aunque solo es habitada en temporadas especiales de reunión familiar, es una reliquia para ellos. La construcción mantiene el color, tejas, pisos y cuartos con una arquitectura colonial propia de esa época.
Cada vez que las familias se congregan en festividades, disfrutan de comida, historias, canciones y sobre todo enseñanzas que son impartidas a la nueva generación.
“A veces perdemos una cosecha, y entonces decimos la otra es la revancha, y perdemos otra y, volvemos a intentarlo… y así varias veces; eso se lo aprendimos a mi papá Eustoquio, que nunca dejó de cultivar cebolla y con su trabajo sacó adelante 23 hijos”, afirma Jairo Sánchez Rodríguez, quien junto a sus hermanos y sobrinos nos recibió amablemente en la acogedora vereda.
Existen dos rutas para llegar a Mesa Llana: Ocaña – Aspasica (La Playa) y la otra Ocaña pasando por Las Chircas. En ambas la duración es de 2 horas en willys, ese carro amarillo que conduce don Raúl Mora Sanguino para quien las carreteras de la región son tan familiares como la palma de sus manos. “Pero no siempre fue así”, dice Jesús Eustoquio Sánchez Rodríguez.
Cuando Don Eustoquio sacaba las cargas de cebolla a Ocaña tardaba dos días de ida a lomo de mula, y dos de vuelta, un regreso que era anhelado por toda la familia porque llegaba con los víveres que necesitaban para el sustento diario y anécdotas del viaje. “Era un hombre muy generoso”, menciona Rosadel Obregón de Sánchez, una docente carmelitana que llegó a la vereda y se enamoró de un Sánchez y allí dedicó su vida y sus enseñanzas para formar a niños durante 30 años. «Cumplí con mi deber mientras estuve allá. Preparaba a los niños hasta 5° primaria y luego salían a continuar con el bachillerato; muchos llegaron a la universidad, se hicieron profesionales y ya están trabajando», afirma esta mujer a quien le hermosea el rostro por su amplia sonrisa, el brillo de sus ojos y el cabello blanco. Cuenta con satisfacción que Mesa Llana pasó de tener una escuela a contar con dos sedes que las bautizaron parte Baja y Alta.

En la década de los 90 por esfuerzos del gobierno local de San Calixto se abrió un ramal que fue usado inicialmente para motocicletas y más adelante se amplió para carro, y fue allí donde tres familias decidieron comprar camiones para sacar la cebolla que se producía, y eso permitió que los surcos y el riego de cebolla se ampliaran.
De Mesa Llana, salen anualmente unas 2.500 toneladas de cebolla en dos cosechas, las cuales se llevan de la tierra a la plaza del mercado local del municipio de Ocaña y a la costa Norte colombiana. Es inspirador ver a un linaje expandiendo sus enseñanzas con la práctica diaria. De generación a generación labrando la propia tierra que no solo genera su sustento, sino que ofrece cientos de empleos a hombres y mujeres de municipios cercanos que acompañan a arrancar, espatar, empacar y transportar la cebolla.

Estar en el Catatumbo es exponerse a los efectos de la confrontación de grupos armados y cultivos de uso ilícito. Sin embargo, Mesa Llana junto con otras siete veredas se ha mantenido en la decisión de no sembrar coca, esforzándose por vivir de los cultivos lícitos y el proceso les ha dado la razón, pues esta es una de las zonas más tranquilas de la región, gracias a que se han implementado ciertas normas, entre las que se cuenta la prohibiciones de talar la montaña sagrada que los vigila al oriente, establecer un billar o cantina y el “saque de bolegancho”. “Esos negocios no los encuentra usted por aquí, y queremos que esa decisión de nuestros abuelos se mantenga”, asegura Sergio Sánchez.

Si hablamos de paisajes hermosos en el Catatumbo colombiano hay que mencionar lugares inolvidables en La Playa de Belén, El Carmen, Ábrego, Teorama y otros municipios de la región; pero si la descripción pasa a los niveles productivos, la exuberante montaña, las fuentes de agua y el valor de su gente no hay punto de comparación con Mesa Llana.
Los Sánchez han sido capaces de respetar el legado del abuelo conservando el cultivo de cebolla en sus fértiles tierras, y convirtiéndose en los protagonistas de un siglo de vida e historia.





