Así como José Arcadio Buendía llegó a Macondo y la convirtió en cuna de reconocimiento en la costa Caribe, don Ramón Sánchez llegó a una vereda de San Calixto llamada Mesa Llana y adquirió una finca que la entregó a sus cuatro hijos como heredad. Eustoquio, Teófilo, Carmelo y Petrona Sánchez, fueron los legatarios, quienes provenían de la vereda El Apial en Ocaña, y tan pronto como su padre les entregó las tierras sancalixtenses, empezaron a cultivarlas.
En un principio, el sustento se lograba del fique, una práctica que Petrona desarrolló muy bien, como si la misma sangre de Úrsula Iguarán hubiera corrido por sus venas. El fique lo alternaban con productos que sacaban del eucalipto, pero todo cambió en 1930, cuando el municipio vecino de La Playa de Belén incursionó en el cultivo de cebolla, una práctica que se convirtió en un tesoro para los Sánchez. Comenzaron con cebolla Bogotana, pasaron a Bermuda, y, después la Común o Roja, las cuales permanecieron en el territorio hasta mediados del 2008.
De acuerdo a los aportes del historiador abreguense José de la Cruz Vergel – miembro de la Academia de Historia de Ocaña, la siembra de este cultivo como una tradición milenaria donde los españoles tuvieron mucho que ver. De acuerdo a los documentos, en el año 1578 el Gobernador Don Pedro Fernández de Bustos, pidió que se hiciera un inventario de todo lo que se había traído de España. El cabildo compartió el documento al Gobernador describiendo las condiciones del territorio en cuanto a producción; en este primer informe que hacía referencia a un inventario de los bienes y semillas que se habían traído de España, se destaca una arroba de cebolla roja cabezona.
Sergio Arturo Sánchez es uno de los herederos de esta tradición, es agricultor con un gusto especial por el trabajo en el campo; se casó a los 18 años al terminar sus estudios de bachillerato y, junto a su esposa comparte enseñanzas a sus hijos de lo que significa el suelo y el valor que tiene para su apellido.
Su sueño de seguir trabajando la tierra de la mejor manera le motivó a buscar nuevos conocimientos; actualmente estudia Agronomía anhelando aportarle más a su vereda, desea trabajar junto con la comunidad explorando estrategias para que sea sostenible vivir de la siembra.
Así como Aureliano se encantaba leyendo los indescifrables pergaminos de Melquiades en el cuarto de la casa de los Buendía, uno se queda boquiabierto escuchando a Sergio expresar su sentir, al hablar de la vereda donde tiene enterrado el ombligo. “Mesa Llana es la tierra prometida; estamos bendecidos por montañas, con agua, tierra productiva y una familia”.
Sergio Sánchez – cebollero

La infancia de Sergio fue única e irrepetible, pues creció en la época de cero tecnologías y de oscuridad, pero no oscuridad de conocimiento, sino de energía eléctrica; pasó su niñez escuchando historias, y dejándose llevar por los sueños que a veces eran asaltados por duendes y animales invisibles y otros por la magia de la felicidad; por eso hoy en día agradece cuando la luz se va, porque es una oportunidad para que la familia se reúna y se sienta como en los tiempos de antes.
Crecer en medio de cultivos de cebolla lo hizo conocedor la tierra, la semilla y las historias que se siembran alrededor de los cultivos, hoy en día los niños de la vereda siguen involucrados con este cultivo; están estudiando, y además conocen y practican la siembra como una tradición que se hereda; nos cuenta Sánchez, que en Mesa Llana culturalmente tienen un espacio de encuentro imperdible cada año, en donde quienes por alguna razón han migrado, regresan al reencuentro con los que siguen haciendo de Mesa Llana el Macondo vivo. Durante ese tiempo, las 50 familias, es decir unas doscientas cincuenta personas comparten creencias, gastronomía, juegos y bailes. Hay espacio para todas las edades, desde los niños hasta los mayores quienes siguen siendo baluarte de esta tierra.
El cultivo de cebolla es un enamoramiento, ósea los Sánchez se enamoraron de la cebolla y pese a los sube y baja, la siguen cultivando. “Perdemos una cosecha, y entonces decimos la otra es la revancha, y perdemos otra y, volvemos a intentarlo… y así varias veces. Hemos vivido en temporadas de extrema pobreza, pero vuelve una cosecha a buen precio y pagamos las deudas, y así seguimos”.
Sergio Arturo Sánchez
De Mesa Llana, salen anualmente unas 1.400 toneladas de cebolla en las dos cosechas, las cuales llevan de la tierra a la plaza del mercado local del municipio de Ocaña, y contrario a la bonanza bananera de Macondo, esta producción es por una familia que se ha expandido de generación labrando su propia tierra y el progreso para la región, pues no solo es un referente por esta práctica con estándares de calidad, sino por generar miles de empleos en la siembra y la cosecha de los amplios cuadros de cebolla roja, por eso los Sánchez anhelan que llegue una temporada casi eterna, que sea sostenible para conservarla y que siga viva con las nuevas generaciones.

Así como la tierra protagonista de Cien años de soledad describe el conflicto absurdo entre liberales y conservadores, San Calixto, ha recibido los efectos de la confrontación de grupos armados y cultivos de uso ilícito, pero Mesa Llana junto con otras siete veredas se ha mantenido en la decisión de no sembrar coca, esforzándose por vivir de los cultivos lícitos y, el proceso les ha dado la razón, pues esta es una de las zonas más tranquilas de la región, donde las familias anhelan un campo sostenible para contar con una mejor calidad de vida, brindar educación a sus hijos, economía más rentable, y que herencia se transmita de generación a generación.
Por fortuna los Sánchez, no tuvieron la misma suerte que los Buendía, pues ellos no fueron una estirpe condenada a cien años de soledad y suprimidos de segundas oportunidades, sino todo lo contrario; pues mientras que el último Aureliano leía el triste olvido de su linaje y de la bulliciosa Macondo, y su fin arrasada por el viento comprendiendo que la memoria no tenía caminos de regreso, conocimos a un fuerte heredero de los cebolleros, quienes con CIEN AÑOS de vivir en Mesa Llana, hacen que las primaveras sean recuperables, y que el valor no esté depositado en pescaditos de oro como los que hacía el coronel, sino en hortalizas de bulbo que se conservan por su don tradicional y sus características atractivas.
Los Sánchez no solo seguirán siendo los protagonistas de cien años más, sino de un siglo de vida e historia.





