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Reseña de El correo de la tarde

Reseña de El correo de la tarde

Uno de los recientes escritos del ocañero Benjamín Casadiego es «El correo de la tarde», una novela fascinante en donde plasma la identidad cultural de su amada Ocaña en medio de un viaje de sabores y emociones.  Compartimos la reseña que Filippo Casadiego presentó este mes, sobre la obra que debe estar en cada mesa de los amantes de la lectura.

Fra Filippo Casadiego Arévalo

Cuando pienso en Ocaña, me imagino un lugar lejano y cercano a la vez. Pintado así de simple creo que pocos lo entenderán. Uno puede viajar kilómetros e incluso millas de ella, pero la cultura lo acompaña a uno donde vaya. La calidez, los chismes de otras familias contados desde la risa, las arepas con queso, el pan ocañero, pero también los quibbes, las especias, el laurel, el cilantro, la carne asada con yuca, los paisajes, el clima templado. En fin, todo eso está lejos espacialmente, pero a la vez es lo que uno sigue siendo en la vida, esté donde esté: cálido, risueño y, por supuesto, chismoso.

El poeta ha terminado, lo coronan, aplausos, cada cual busca, aliviado, otro sitio dentro de la fiesta, un lugar para decir algo después de tantos minutos en silencio; música que no se oye porque todos están hablando por encima de las otras voces, y los muertos, en un rincón de la casa, miran a los vivos; los escuchan con respeto, con amor: estuvieron allí mismo cuando estaban vivos; pero los vivos no se enteran de ese amor.

El correo de la tarde de Benjamín Casadiego

Leyendo El correo de la tarde (Benjamin Casadiego, 2025), sentí la misma corazonada que siente Silvia, una editora que revisa el libro de un escritor cuyas ideas no se ajustan a la receta del éxito comercial, sino que se van cocinando a lo largo de la historia, tal y como es una comida: no hay un orden definido, pero sí un sabor que se persigue, que, a fin de cuentas, es la que guía al cocinero a través de un mundo empírico desconocido. Quizás al decir “la corazonada de Silvia” quedo debiendo lo que nos ofrece la novela. La palabra en sí misma es un misterio bastante subjetivo. Algo oculto, enterrado. Algo que solo sale cuando un lector aventurero decide que deja de ser solo eso -un lector que pasa hojas y hojas- y se sumerge en la historia.

Una noche soñé con esa ciudad salida de la bruma, sus personajes que parecen perseguir testarudamente algo dentro de ellos mismos, algo que nunca se resuelve, un niño que les pone límites. Me queda en la cabeza el ambiente, el vértigo de saber que por momentos me perdí en ese tiempo, en los recovecos morales de la arquitectura colonial. Le confieso que me vi a mí misma en su historia. En algún momento lloré enamorada. Es normal que ocurra, ¿no? Espero que a otros lectores les pase lo mismo. Esa es mi corazonada.

 El misterio es algo que el libro trata, la sombra de la que escapa un migrante cuando decide reiniciar de nuevo su vida en otro lugar, o más bien, la luz y la sombra donde la preocupación por lo desconocido se transforma en fortaleza para huir de su pasado y forjar un nuevo individuo moralmente correcto. Pero de la ecuación de luz y sombra no solo se obtiene la liberación. También conlleva una carga. Que hereda a sus futuras generaciones. No necesariamente es algo malo, pero indudablemente la mentira es el costo de llevar esa carga.

La historia se cuenta desde la perspectiva de una pareja moderna: David y Silvia en contraste al matrimonio tradicional de Elías y Teresa. 

¿Te gustaría dominarme a mí como la dominás a ella?, dijo Silvia. Sí, dijo David, de hecho pienso que todo funcionaría mejor si lograra que vos hicieras las cosas a mi manera, ¿y vos? ¿Si pienso en dominarte a vos?, dijo Silvia. Sí, dijo David. No lo pienso, dijo Silvia, es un hecho.

David, cartero y poeta, Silvia, lectora de manuscritos en Editorial Avon (nombre que esconde un juego, de los varios que descubrimos en la novela: Avon relacionado con la marca de cosméticos y Avon, el río que cruza la ciudad de Stratford, cuna de Shakespeare). Ambos un par de chismosos que acechan, desmienten y reconstruyen la historia detrás de los correos que Gabriel le envía a Teresa, una ocañera vivaz e inteligente casada con un comerciante árabe; mezcla cultural que se vio reflejada en el gusto por la cocina con sabores que se mezclaban de todos lados: las especias, el tahine, las verduras. El buen comer y vivir.

El viudo, explicó el muchacho, es una comida de tradiciones lejanas. Algunos ponen en el fondo de una gran olla dos astillas de leña en cruz, agua y hojas de plátano. Román había aprendido que en lugar de leña era mejor y más práctico colocar en el fondo la yuca, el plátano verde y el maduro, luego el agua y las hojas de plátano, allí va el pescado, envuelto en hojas de bijao y sazonado con orégano, albahaca, cebolla, cebollina, laurel y tomillo.

La historia viaja en el tiempo en sincronía con sus personajes e indirectamente narra diversos momentos coyunturales de la llegada de sirio-libaneses y su relación con la cultura ocañera. Las opiniones, sabores, olores y la forma como se ve el mundo es parte de la conciencia. Digo conciencia como aquella verdad colectiva o “percepción” que define la forma de ver la realidad. Así es como Gabriel y Elías, dos migrantes con historias diferentes; uno ingeniero y otro comerciante, dibujan un mapa personal de un mismo territorio ajeno a ellos: la carretera Gamarra-Ocaña, en la que, durante su invención, o más bien su reinvención, se vivieron más de 100 años de paradojas. Una de las muchas es el hecho de que Gabriel se subiera a un eficiente cable aéreo para llegar a Ocaña, que años después la modernidad destruiría para convertirlo en una carretera que nunca se hizo.

Se sentaron en los taburetes del corredor junto al bargueño de roble donde estaban los dos mapas que trazaron Elías y Gabriel en sus viajes, las cartas de Jamaica confundidas con las postales de Damasco. Teresa, cuando estaba sola, ponía ambos mapas a contraluz y veía una imagen en tercera dimensión: cielo, agua y tierra. Dos miradas, una idea.

Sobre las aguas del Rio Magdalena transitan en Barco a vapor e HidroAvión comerciantes, ingenieros, visitantes asiáticos, árabes, jamaiquinos, barranquilleros, que intercambian objetos, comidas y relatos. La historia, en solo 100 páginas, permite sentir a Ocaña y Colombia estando desde fuera. Una ciudad que puede ser cualquier otra en Latinoamérica. Una ciudad que en un abrir y cerrar de ojos cumplió con los mandatos del progreso.

Desde la baranda, dos gallinazos con las alas atrás miraban pensativos hacia el río, un tercero elogiaba el notable desarrollo de la ciudad, ¡si vivieran sus padres!, que habían habitado una aldea de asquerosos ríos cristalinos y se aguantaba hambre, física hambre, ahora miren este espectáculo de mierda, la vida prometida por el Rey de los Gallinazos según leemos en las Escrituras, ¿no es fabuloso? Los dos asintieron en silencio, el otro alzó vuelo y planeó con elegancia siguiendo la ruta del río, remontó ese espumoso vertedero de grises y negros y la ciudad se volvió un croquis semejante a un dragón cuyas partes –cabeza, patas, barriga, corazón–, estaban conectadas a pesar de su apariencia caótica.

Ciudad de México, marzo 8 de 2025

El correo de la tarde

No pierda oportunidad de tener esta novela en sus manos.  Disponible en:

Ocaña: Librería Barbosa.

Bogotá: 601-3454102.

Valledupar: José Luis Molina 312-6300493

Barranquilla: 310- 6322467

Armenia: 311-7114365

Medellín: 300-6173349

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