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De la incertidumbre al liderazgo campesino

<strong>De la incertidumbre al liderazgo campesino</strong>

Durante casi cuatro décadas, Luis Carlos Torrado y su familia vivieron con la incertidumbre de que el suelo que habitaban no les pertenecía del todo. 

El predio, de unas 40 hectáreas, se llama La Pradera y La Nicolasa se encuentra en la vereda Palmira, corregimiento San Isidro, del municipio de Ábrego, Norte de Santander. 

Con el paso de los años, pese al amor por su territorio, emprendió otros caminos. Tras una vida de ires y venires, de manejar camiones de carga (a partir del 2006) por las carreteras del país y aprender mecánica para sostenerse, regresó en 2015 a su origen. Pero volvió con una mentalidad distinta: 

—No solo quería ser agricultor, quería ser un empresario del campo.

Tan es así, que la llegada de la Agencia Nacional de Tierras —ANT— a su territorio y la creación del Comité de Reforma Agraria en su región lo marcaron. Y es que la ANT concentró esfuerzos para cerrar una herida histórica de inseguridad jurídica. En abril del 2025, Luis Carlos y su hermano recibieron el título que sus padres anhelaron desde 1987: ser los dueños legítimos de La Pradera y La Nicolasa.

—Lograr la propiedad como la tenemos ahorita fue una meta cumplida. En este Gobierno hay claridad y honestidad en los procesos —afirma. 

Ese título no fue un papel para guardar en un cajón. 

—Fue la base para un nuevo proyecto de vida —asegura.

Con la tierra asegurada, Luis Carlos y su familia dejaron de ser ocupantes “nerviosos” para convertirse en propietarios con capacidad de proyectarse hacia mercados internacionales.

Luis Carlos no solo cultiva, lidera. Como presidente de la junta de acción comunal de San Isidro y secretario de la Asociación de Productores Agropecuarios (Asoproagropi), se ha empeñado en cambiar la forma en que sus vecinos ven el campo. Su paso por el Sena, donde se capacitó en agricultura orgánica, le abrió los ojos sobre el daño que los pesticidas causan al suelo y a la salud.

Sin embargo, reconoce los desafíos: 

—Lo más difícil es el cambio de pensamiento. 

En una región de tradición cebollera, proponer la transición a cultivos orgánicos y a la rotación de suelos es un reto cultural. Por eso, él predica con el ejemplo en sus hectáreas cultivables, donde rota cebolla, fríjol, pepino, pimentón y auyama, mientras espera que sus dos hectáreas de aguacate, de varias presentaciones, crezcan lo suficiente para cumplir su gran sueño: exportar.

El rol de la ANT le permitió pasar de la subsistencia a la planeación estratégica en su corregimiento, donde ya son cerca de 300 familias las que iniciaron procesos y muchas de ellas ya tienen sus títulos.

Para Luis Carlos, la formalización fue la llave que abrió las puertas de otras entidades, como el ICA y la Agencia de Desarrollo Rural (ADR). Gracias a que hoy tiene «los papeles al día», seis predios de su zona ya cuentan con certificación de Buenas Prácticas Agrícolas (BPA). El siguiente paso es la certificación como predios exportadores.

—Mi meta es ver a los campesinos de mi corregimiento vendiendo hacia afuera. Ese día diré que llegué a mi meta —asegura. 

Este hombre, cerca de los 40, ya no es el joven que salió en el 2006 a buscar rutas nuevas manejando tractomulas. Ahora maneja su propio tractor —conseguido con peripecias económicas— en su tierra, convencido de que, aunque la agricultura es uno de los trabajos más difíciles del país, tener el título de propiedad en la mano le permite mirar adelante.

En la zona rural de Ábrego, la historia de Luis Carlos es la prueba de que cuando el campesino es dueño de su suelo, el horizonte deja de tener límites y el título no es el final del camino.

Ahora, como líder rural en San Isidro, lidera a 40 asociados de las veredas Palmira y Kilómetro 12. 

—No basta con sembrar, hay que saber qué pide el suelo —es certero. 

La historia de Luis Carlos Torrado está ligada a la Zona de Reserva Campesina ‘Paz y Unión del Campesino del Catatumbo’. Para él, pertenecer a esta zona es un beneficio que le permite a cada propietario tener hasta dos Unidades Agrícolas Familiares (UAF), un salvavidas para la economía rural. 

—Este Gobierno nos visibilizó, nos tuvo en cuenta —reconoce. 

Ante la incertidumbre de los cambios políticos, su mensaje es práctico: 

—Independientemente de la línea de gobierno que entre, la comida necesitamos seguirla produciendo. El mensaje es seguir trabajando por el campo, con conocimiento y asistencia técnica.

Luis Carlos tiene dos hijas, de 13 y 11 años, y aunque sueña con que sean profesionales, su mayor anhelo es que su estudio sirva para fortalecer a la comunidad. Él mismo, que pudo haberse quedado en cualquier ciudad manejando camiones o atendiendo un taller mecánico, eligió regresar.

Se queda para promover la vocación agrícola de su gente. Se queda porque en La Pradera y La Nicolasa, con el título de propiedad, ya no hay miedo a las estafas ni al olvido. Se queda porque su historia es ejemplo —tanto, que pudo representar a su gente en la II Conferencia Internacional de Reforma Agraria y Desarrollo Rural que se celebró en Cartagena en febrero pasado—. 

La Agencia Nacional de Tierras le entregó la seguridad para proyectar su corregimiento como una potencia exportadora. Y como él mismo lo dice, la Reforma Agraria es que el campesino “pueda preocuparse” solo por producir en suelo propio, en el mismo que nacieron, en el mismo que quieren progresar. 

Por eso también se queda. 

Porque su origen es campo, y para él, campo es vida. 

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