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El tejido en carrizo tiene un encanto especial

El tejido en carrizo tiene un encanto especial

Es un material duradero, noble y una invitación a valorar prácticas más sostenibles.

María Jael Ortega Contreras, desde pequeña siente una conexión especial con el arte de tejer canastas con carrizo. Recuerda los días en que observaba a su madre, con sus manos hábiles y una sonrisa cálida, transformando el carrizo en hermosas canastas.

Todo comenzó en su hogar en Villanueva. Un día, insatisfecha con el trabajo en casas, le dije a su mamá que fueran al agua a la Virgen a recolectar material, regresando con el carrizo listo para ser trabajado.

la familia se unió en esta labor. Junto a su madre, tejía canastas mientras sus hermanos se encargaban de venderlas. Juntos, producían tres canastas al día, cada uno lo vendían a 300 pesos. Era un trabajo arduo, pero les permitía sostenerse y vivir con dignidad.

Con el tiempo, se dedicó también a la modistería, un arte que aprendió gracias al recurso obtenido del tejido. Sin embargo, nunca olvido sus raíces. La pasión por las canastas siempre permaneció en su corazón.

Años más tarde, el museo de Ocaña la motivó a retomar este arte. Comenzó a enseñar a jóvenes, transmitiendo no solo técnicas, sino también valores de comunidad y tradición. le encanta ver cómo otros se animan a aprender, recordando su propia experiencia de aprendizaje con su madre.

«Es necesario que las nuevas generaciones aprendan estos oficios. Hoy en día todo es plástico, pero estas canastas son parte de nuestra historia». María Jael Ortega

Reconoce que a veces, la invade la nostalgia al recordar cómo, antes, la gente llevaba sus canastas al mercado, llenas de productos frescos. Pero la reconforta ver que el carrizo sigue creciendo en los montes, listo para ser utilizados nuevamente.

«Gracias a este arte, he aprendido a vivir y a sobrevivir», piensa con orgullo, pues compartirlo con su madre fue una de las experiencias más valiosas de su vida, regalándole el mayor tesoro: la unión familiar.

Hoy, sigue tejiendo su legado. Con cada canasta, revive recuerdos y momentos felices. «Agradezco infinitamente a mi madre, a mi padre y a mis hermanos. Somos una familia unida, y eso es lo que importa», comparte con una sonrisa.

María Jael sigue tejiendo no solo canastas, sino también historias, transmitiendo un legado que se entrelaza con cada fibra de carrizo, recordando a todos que el arte y la tradición son el hilo que une generaciones.

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